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CAZA y AGRICULTURA 20 de Agosto de 2010

Los sistemas agroganaderos son determinantes para el equilibrio faunístico y medioambiental en los territorios de intervención. La perdiz pardilla (Perdix perdix) se desvanece en nuestras sierras por falta de intervención agrícola y ganadera; por deshumanización de los hábitats ocupados. La perdiz roja silvestre (Alectoris rufa) camina hacia la desaparición en nuestros territorios más humanizados, entre otros varios motivos, por exceso de actividades agrícolas y aplicaciones fitosanitarias. Podríamos resumir que, por exceso y por defecto, la agricultura es determinante para el estado poblacional de nuestras perdices.

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EL MÁS ILUSTRE CAZADOR DE PLUMA 4 de Abril de 2010

Estamos amurriados y con la mirada aborrascada, como diría Delibes, el maestro, que éste si que lo es en toda su esencia. Decir algo de este “cazador que escribe” y por escrito, es entrar en una frustración asegurada. Juzgadme por las intenciones más que por el éxito de uno de los escritos que hago en su homenaje.

Creo que fue en 1956 cuando tuve la primera referencia de Miguel Delibes. Mi tío Florentino (a la sazón Jefe de Estación de Palencia) comentó a mi padre, un día de los que vino a cazar al pueblo, su intención de traerle un libro “Diario de un cazador” que se leía en un periquete. Andaba yo aún a pájaros y en tercero de Bachiller. Venía en bicicleta al Instituto Zorrilla de Valladolid donde trabajaba Lorenzo ─ el protagonista de ese libro que supuso el Premio Nacional de Literatura ─, y a quien yo identificaba con aquel conserje real que nos controlaba y que tenía dos hijas quinceañeras que, para uno de doce años y de pueblo, eran dos preciosas mises; dos señoritas para soñar. Buscando entonces identidades, lo leí de un tirón.

Desde entonces he leído todo lo escrito de caza por el maestro, con el que he coincidido algunas veces, pues en Valladolid es fácil encontrarse. A finales de los años ochenta cruzaba a diario, raudo, ─ como entrenándose para seguir al bando de patirrojas ─ frente a mi oficina de RENFE, que estaba en la esquina sureste del Campo Grande, pulmón de Valladolid, donde iba a pasear hasta que su salud se lo permitió. Han coincidido muchas facetas de mi vida con los escritos de Delibes y me he sentido en alguno de sus libros de caza como uno de los protagonistas. Como tantos otros cazadores. No hay que hacer esfuerzos ni recurrir a la imaginación para meterse en las vivencias cinegéticas tan bien descritas por él. Siempre estuve agradecido a este paisano tan eminente y escritor mayúsculo, porque dedicó su inteligencia y sus mejores palabras a defender lo rural, a la naturaleza y a la caza y, sobre todo, a la perdiz autóctona. Soy de pueblo y cazador, hijo, nieto y familiar de hombres de pueblo, ferroviarios y cazadores, y acérrimo defensor de la patirroja silvestre. Tal vez, por eso sentía complicidad con algunos de sus personajes pues, también, he ido a cazar en tren con mi padre y mi hermano y con el perro amonado bajo el asiento. Se oía al expreso de Galicia en mi pueblo y luego en Valladolid, como Lorenzo, todas las noches de ábrego o de tormenta y, sobre todo, las anteriores al día de caza. Tampoco era necesario despertador en casa. “Madrugar. Para el cazador no es sacrificio madrugar. El sacrificio es acostarse la noche del sábado”.

Delibes, que en paz descanse, ha influido en mi formación intelectual mucho más de lo que yo haya podido manifestar aunque le he citado en múltiples escritos. Este ilustre vallisoletano ha sido determinante en mi vida cinegética y una de las enciclopedias donde he intentado aprender a escribir y a decir cosas de la caza. Ser escritor es otra cosa, un don que nos está negado a la mayoría. Escribir El Hereje sólo lo ha hecho uno.

En junio de 2001, glosando una convivencia con S. M. el rey en Castillejo de Robledo, escribí en la sección “Cazar en Torozos” de FEDERCAZA un párrafo ahora más vivo que nunca: “Miguel Delibes, cazador y escritor universal, ha sabido trasmitir su gran afición por la caza y, a la vez, su enorme compromiso con la defensa de la naturaleza. Y esto coincidiendo en los años clave, la década de los setenta, cuando los ecologistas iniciaban la batalla contra el deterioro medioambiental y contra la caza. El peso de lo escrito por una autoridad como Delibes ─ defendiendo a la vez, la necesidad de respetar a la naturaleza y la posibilidad de ejercer una caza compatible con ello ─, no fue jamás contestado por nadie y nos sirvió a los cazadores para exhibirlo como bandera y empezar a hablar de “ecologistas-cazadores”. Ha sido Delibes el que ha hecho posible ese nombre de conservacionistas y cazadores, del que tantos hacemos gala.

El autor de Las perdices del domingo y de La caza de la perdiz roja, ha sido un defensor a ultranza de la perdiz autóctona y uno de los que seguramente ha influido en que mi vida federativa haya sido, y es, una lucha constante por proteger a la perdiz roja silvestre que cazábamos, cada uno en su coto, compartiendo linde y bandos aquí en Torozos, entre su último coto rayano con Berceruelo, donde cazo desde hace treinta y siete años, y donde espero seguir cazando perdices bravas otros muchos. Algunos cazadores responsables hemos desgastado parte de nuestra vida, como tantos otros, corriendo tras las perdices durante la caza placentera y, a la vez, con el mismo ahínco nos hemos puesto delante del bando para protegerlas de las malas artes y mañas y de muchos de sus manipuladores interesados. Delibes fue el primero.

Como es imposible que dos cazadores coincidan en todas las dimensiones y aristas que proporciona la caza, hemos tenido alguna discrepancia trivial. Una tarjeta, de las que conservo, bastante afectiva, recibida de Delibes y su elección de nuevo cazadero, me hicieron pensar hace tiempo que aquel ligero desencuentro fue algo nacido por las artes de algún tercero interesado, que aprovechaba su amistad. Podía considerarse a humo de pajas, como diría el maestro. Asistí con Manuel Andrade a la entrega que le hicimos en Valladolid del merecido Carlos III. He leído en Trofeo lo que escribe, tan bonito, su hijo Germán, un caballero de la caza que sólo practica la menor, y es muy querido y ponderado en estos pagos por todos los que han formado mano con este arqueólogo y su hijo, cazadores en coto, también rayano, con el que compartimos linde y perdices los de Berceruelo. A él, a sus hermanos Miguel, Ángeles, Elisa, Juan, Camino y Adolfo, y a todos los demás familiares, les mando un sentido pésame.

Cuando subía las escaleras del Ayuntamiento de Valladolid ─ en una cola abigarrada que hemos formado decenas de miles de vallisoletanos para dar el último adiós al ilustre paisano ─, pensaba en Los Santos Inocentes, tan replicados realmente en toda la España rural y en El Camino, uno de los libros que más me ha cautivado. Me vino a la mente la muerte de uno de los protagonistas y la idea de Daniel ‘el mochuelo’ metiendo el tordo (el jilguero en la película) en el ataúd de Germán, que también anduvo siempre a pájaros, junto a otro hijo de herrero. Si hubiera sido el caso, para el maestro, habría que haberlo hecho con un pájaro perdiz silvestre, ese que anda en precario por Castilla y que el escritor defendió en tantos libros, provocó sus pasiones y esta bonita sentencia: “Lo que un cazador es capaz de hacer por una perdiz no puede imaginarlo más que otro cazador” ¡Que en el cielo le veamos!
José Luis Garrido
Director de FEDENCA

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UN HOMBRE BUENO 9 de Febrero de 2010

Parece que fue ayer cuando escribía: “Ha reunido sin quebranto ser un estupendo profesional, gran trabajador y buena persona; pero, como es un baturro de nación, no se le ha mojado nunca la pólvora cuando ha tenido que defender la caza ante los talibanes, o la casa federativa ante esos desahogados que piensan que no tiene dueño. Se quiere jubilar de una vez, -va sobrado de edad-, porque tiene que recuperar la familiaridad que le ha impedido un cargo tan absorbente.” Leer el resto del artículo »

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PERDICES NAVIDEÑAS Esta temporada la perdiz roja silvestre no permite alegrías cinegéticas. Diciembre es buen mes para vedar y si el impulso te pide ir a perdices, es preferible hacerlo en uno intensivo, antes que intentar repoblar o reforzar el coto. 21 de Noviembre de 2009

Diciembre es mes en que el aliento del cazador y el del perro se condensan y la mano perdicera parece una línea de tren de vapor en miniatura, desplazándose al amanecer por los páramos helados. A media mañana el tímido sol ablanda las tierras verdosas que apuntan los primeros brotes de cereal y el cazador se queda anclado en el terreno mientras las perdices, que han aprendido mucho y también las molesta embarrarse, vuelan distantes hacia lo imposible. Aún así, la caza en mano da mucho de sí en una jornada, ─aunque sea en días cortos de diciembre─ y las existencias merman cada día de caza. Este mes que cierra el año es muy peligroso para la perdiz en temporadas de escasez, como ésta. En algunos cotos, para salvar la situación no se les ocurre otra cosa mejor que hacer refuerzos poblacionales y repoblaciones con poco control y las enfermedades acaban con las escasas existencias de perdiz roja silvestre que quedaban en el coto.

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LOS BECADEROS DEL CCB COLABORAN CON FEDENCA 4 de Octubre de 2009

Esta princesa de la caza, la becada, tiene cada vez más pretendientes enganchados a las noches de luna y está engatusando a otros tantos que andan ya poniendo cuernos, o divorciándose, de las de toda la vida porque a esta dama del bosque no hay quien se la resista. Yo no entiendo de becadas, aunque me apasiona leer cosas sobre ellas, o escuchar a personas como Felipe Díez, presidente del club de cazadores de becadas (CCB), virtuoso de la informática y enamorado hasta los tuétanos de la sorda, como la llaman en su tierra cántabra, o Fermín Mourenza y Adolfo Iglesias, dos entusiastas de la RFEC en competiciones con perro y amantes desde siempre de la becada, que colaboran con seriedad para que llegue a buen puerto un convenio que estamos pergeñando entre FEDENCA y el club de cazadores de becadas. Para disfrutar de la caza en toda su dimensión, como de cualquier otra cosa en la vida, es necesario ser apasionado. Comprendo perfectamente al que se enzarza —nunca mejor dicho— por la pitorra, porque yo, que tengo un síndrome de aquellos muy parecido con la reina: la perdiz roja, me apasiona sobremanera ver volar a una becada.

La RFEC desarrolló durante unos años, 1991-98, el Proyecto becada, originario de la Cántabra que se tradujo en un precioso texto de cabecera La becada en España, escrito por Antonio J. Lucio y Mario Sáenz de Buruaga. Según dicen en él los autores, un cazador que va a becadas ve por término medio 1’57 piezas por jornada y caza menos de la mitad: 0’7 becadas por día. El dato se ha obtenido a partir de los aportados durante 8 años, por un grupo de hasta 480 cazadores cada año, que participaron en 23.400 cacerías en las que se vieron 38,500 y abatieron 17.140 becadas. El CCB ha obtenido en las últimas temporadas unos resultados algo inferiores. En la última temporada (con una muestra más modesta de 85 becaderos que cazaron entre todos 2005 jornadas de caza) la abundancia media fue de 1,39 becadas censadas por jornada y las capturas de 0’54 piezas por día de caza ¿estarán bajando los efectivos poblacionales; es consecuencia del incremento de aficionados a esta especie, o son fluctuaciones propias de cada temporada de caza? Esperamos con este nuevo proyecto entre FEDENCA y el CCB dar respuesta en unos años a esas y otras preguntas, a través de una muestra suficiente de colaboradores y de cacerías de becada. El mes próximo enviaremos a todos los medios y sociedades de la estructura federativa unas fichas para rellenarlas.

Atendiendo a los datos de las estimaciones estadísticas de capturas en España, que llevo haciendo desde la temporada 2.000-2001 para todas las especies de caza con los datos que remiten los titulares de cotos, en las dos últimas temporadas en las que tengo estadística sobre la becada, las estimaciones de capturas declaradas están en una media anual de unas 130.000 becadas. Las estimas de capturas en Europa se calculan superiores a los cuatro millones de becadas de las que Francia da cuenta de 1’5, Italia de 1, Rusia de 0’8. No he leído nada de las capturas en Inglaterra donde hay una población de las más altas.

El convenio va a contemplar también la formación de algunos anilladores con los que crearemos equipos en función del apoyo que presten las comunidades autónomas interesadas. Nuestras pretensiones son en principio modestas y no tenemos ni por asomo intención de llegar al potencial de anillamiento de Francia donde se crearon hace 25 años más de un centenar de equipos, que anillan unas 2.000 becadas por temporada y que recuperan unas 250 anillas a través de la caza. Uno de los planteamientos que se han expuesto durante la preparación de este convenio de colaboración, es el de buscar soluciones financieras para incrementar el número de becadas que disponen de emisores para hacer seguimientos vía satélite sobre las migraciones de las becadas que cada año van y vienen desde diferentes puntos de Europa hasta España y norte de África.

En venatoria, una de las facetas más satisfactorias es saber descubrir a la pieza amagada, por conocer y superar su estrategia de ocultación. Y eso sólo lo saben hacer por oficio los especialistas de esa caza. En mi vida he capturado muy pocas becadas, nunca he pasado de seis por temporada y sólo las he disparado en los últimos diez años, porque donde cazo saltan espontáneamente “cuatro de ellas” ─cuando menos las esperas─, lo que me priva de la satisfacción de buscarlas y encontrarlas con conocimiento de causa. No obstante, pongo al perro la esquila algún día que creo yo que “voy a becadas”. El tintineo de la campanilla reconforta a los que entendemos la caza como una relación pura del cazador con la naturaleza. Por esto me atrevo hoy a “tirar los tejos” a mi amigo Miguel A. Romero, que describe con verdadera pasión sus jornadas de caza de becadas, para que me invite a acompañarle algún día y me ilustre, aunque sea una simple barnizada, sobre el comportamiento de la chocha perdiz, que es como la llamamos en nuestra tierra castellana. Ya sé que para doctorarse en la caza de la cega hacen falta muchos años de enganchones en las zarzas. Pero tengo miedo a la curiosidad cinegética. Sé que cuando la picona mira a un cazador, engancha a éste para siempre. Y la becada tiene una visión espacial completa que la permite mirarnos a todos sus observadores.

El becadero es, de entrada, un romántico de morral vacío que está dispuesto a las inclemencias, a volver a casa hecho un acerico y a la nada. Y a quien caza así, olvidándose de la fortuna en la percha, se le puede pedir colaboración y datos porque los dará con entusiasmo por su amada. Esto que he dicho y la necesidad de conocer mejor a las especies de caza, especialmente las migratorias que tienen que superar tantos inconvenientes para vivir, es lo que nos ha movido a intentar entre todos un proyecto asumible, que dará muy buena respuesta a favor de una gestión sostenible de la becada. Como ya se demostró en el “Proyecto becada” (que habría que recuperar), los especialistas disponen de altruismo que es una virtud necesaria para hacer ese esfuerzo noble que no da rendimientos pecuniarios, aunque llena de satisfacción a quien lo hace. Gracias a ello se logran objetivos que nunca podrían ser obtenidos si tuviera que pasar el donante por caja.

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© José Luis Garrido - brainet